martes, 26 de agosto de 2014

Los Lentes Placebo



Los Lentes Placebo son un
par de lentes de mierda
que compré en Tongoy.


Los vendía un niño
tan amable
en una feria artesanal.

(Inserte aquí
alguna mención
al trabajo infantil).


Los Lentes Placebo costaban
mil quinientos pesos.

Mil quinientos pesos y me sirven
mucho más que los lentes de mierda
que me recetó hace demasiados años
un oculista medio cegatón.

Los Lentes Placebo
me permitieron escribir
cada una de estas palabras.


Cada una de ellas.

lunes, 18 de agosto de 2014

Hay ojos

Hay ojos que nos miran desde el suelo

mientras el tren toma un descanso en medio de algún túnel.

Yo voy a reclamar algo de plata que me deben.


Mi Propia Deuda sigue allí
ensucia el aire
y corta toda luz.

jueves, 14 de agosto de 2014

CAMIROAGA EN EL MATADERO



CAMIROAGA EN EL MATADERO

Pasillos ensangrentados:
el hedor más espantoso que se pueda imaginar:
aquí la gente compra comestibles

Camiones atestados con el mobiliario de la mala muerte
-monedal que va desde una mano sucia
hasta la otra-

Autobús pasa de largo:
desde el antiguo cine
rezos y alabanzas y una mano en alto

Si: un señor avanza entre la multitud
con su Cordero muerto
sobre el hombro

(Seguir su ruta)

De círculo en círculo
hasta el último de los
lugares de la bendición:

Entonces ahí:  en pulcra gigantografía:
el rostro de Camiroaga
saluda a los que pasan

(El hablante lírico se detiene,
prepara su celular,
apunta y dispara)

Hay que salirse: a metros de ahí
un infructuoso ciego por mil pesos
nos vende antenas para la televisión

Música de casino




(Publicado hace años en la revista Rockaxis, en mi desaparecida columna "Paisaje Sonoro")


Mi pregunta del millón aquella noche era ¿qué hacíamos entrando al Casino de Iquique? Misterio, puro misterio. Nunca he sido cercano a las hordas ludópatas, los adictos al juego que hacen cola frente a la venta de loterías y pollas varias. Jamás he centrado ni media aspiración a poder atinarle a tres, seis, quince o mil números de algún sorteo.

Pero bien: allí estaba, pagando los quinientos pesos de entrada. Afuera, la oscuridad era todo lo tibia que debe ser una noche del norte chileno. El mar plácido invitaba a conversar en las arenas, disfrutando ese aire provinciano que Santiago se empeña en desmoronar.

La serenidad de afuera no cruza las puertas. Adentro reina un reconcentrado fervor humano por ganar algo, poquito, nada. La primera imagen de eso es la de un par de ancianas que, con la vista fija en su respectiva máquina, metían una moneda tras otra, para luego apretar los botones de apuesta. Les dio lo mismo que me quedase un buen par de minutos mirando sus maniobras. Claramente había saldo en contra: eran más las monedas que entraban que las que salían. Su mirada revelaba una sedienta ansiedad por recuperar lo gastado, volver la cuenta atrás y saldar la deuda del minuto anterior. El tiempo aún es dinero, y viceversa. Las ancianas no abandonaban su misión de perdedoras.

Mientras caminaba hacia las cajas para cambiar algunas monedas y sumarme al jugueteo desatado, una sensación extraña empezó a invadir mis oídos. Avanzando entre hileras de tragamonedas me sentía en medio de un “paisaje sonoro”, como si el nombre de esta sección se hiciera real. Cada aparato, al funcionar iba emitiendo su sonido: campanillas, pitos, señales sonoras que acompañaban el ritual de la pérdida y la ganancia. A eso se sumaba el tintineo de las monedas en juego. Y las voces humanas, exclamaciones y una que otra carcajada. Garzonas pasaban repartiendo trago. Encendedores disparaban su llamarada hacia un cigarro tembloroso.

La suma de todos los sonidos engendraba un campo sonoro que, en algún momento casi epifánico, se abrochaba en un concepto claramente musical. El panorama tomaba un sentido voraz y atrapador, como si un extraviado director musical ordenara la secuencia acústica para producir un sopor medio perverso, por el cual te movías dilapidando tu dinero. Arpegios llenos de billetes, fichas sónicas que se dejaban atrapar por un crupier impasible, una ruleta acústica con una bolita siempre disonante. Y las máquinas, las perfectas máquinas que, sinfónicamente, tragaban y tragaban sin cesar, con miradas sostenidas y bemoles de desilusión.

Lo más parecido a eso que he escuchado es el primer tema del disco “Air Structures” de Brian Eno y Robert Fripp. ¿Será casualidad? De hecho, ahora en mis fonos suena esa obra, y en algo revivo la impresión de aquella noche.

El espectáculo se completaba viendo las caras de todos esos enfermos que, conmigo, se entregaban en las cajas a cambiar sus billetes, a tirar con angustia cheques, tarjetas de crédito, lo que fuera, con tal de seguir en juego.

En mi caso, la diversión fue de solo un par de horas, apenas unas lucas miserables que se multiplicaban y luego se achicaban varias veces. Mientras, las viejitas y toda clase de personas, seguían obnubiladas entregando su corto futuro a la máquina. Yo me decidí a no salir en pelota del lugar. Así, en una de las vueltas de auge y caída del capital inicial, cuando no hubo ni ganancia ni pérdida, y el empate monetario era perfecto, sólo entonces llegó la hora de partir.

Afuera, la noche seguía tibia y lenta, casi aburrida. El olor del mar ahora era tapado por una tremenda fetidez que parecía recordar que estábamos en un lugar lleno de humanos. Los conscriptos de franco trataban de engatusar a unas chicas casi tímidas. Ellas huían por los prados municipales, no con mucho entusiasmo.

Allí atrás, a mis espaldas, el recinto del casino aún tenía para rato de su adictiva función. Caminados un par de paso lejos de él, el paisaje sonoro interior se diluía en vientos suaves, sirenas y risas de peatones que se van hacia otro horizonte.